
Sin importar la dimensión o el contexto, cuando uno se compromete a algo con un tercero se mentaliza a que tendrá que cumplir aquello, aún cuando en el futuro ya no lo quiera así o aunque haya cambiado de opinión al respecto.
¿Pero qué pasa cuando nos prometemos algo a nosotros mismos?
Es Año Nuevo la fecha perfecta para hacernos promesas a la ligera, la inercia de la tradición nos lleva a atragantarnos de uvas al compás de las campanadas de medianoche. ¡Venga, con confianza, un propósito por uva, qué importa que ninguno cuente con la mínima planeación!
Lo que llama mi atención de esta costumbre es su carácter meramente simbólico y tremendamente ambicioso. Cuando la mayoría de los comensales van en el onceavo ya no se acuerda cuál fue el tercero y antes de la mitad del año no recuerda ni el primero.
Creo que estas fechas, aún siendo un corte artificial en la vida, sí son una gran oportunidad para detenernos a analizar si en verdad estamos viviendo la vida que queremos vivir, en su mejor versión.
Si hay algo que mejorar, que siempre lo hay, propongámonoslo pero con seriedad y sincero compromiso porque nada hay más triste que fallarse a uno mismo.

