miércoles 22 de octubre de 2008

Cajones en el alma




Esos lugares que preferimos pensar que no existen, fingir que no son nuestros y desentendernos por completo. Aquellos que están llenos de todo tipo de cosas pero a la vez de nada útil. Como ejemplos comunes podemos citar el omnipresente “cajón de los tiliches”, el cuarto-bodega de los cachivaches al que uno entra con pánico de que le salte una araña y que bien podría ser rentado para una película de terror; o esa caja arrumbada hasta el fondo del closet.

Esos lugares que nunca queremos ordenar porque no sabemos ni por dónde empezar. Siempre es más sencillo tenerlos cerrados, fuera de nuestra vista, que ponerse frente a ellos a clasificarlos y reubicarlos o tomar la decisión desecharlos. Todas estas aglomeraciones de cosas que ya no usamos, que ya no nos sirven para nada, pero que tampoco hemos podido o querido desprendernos de ellas, invaden nuestro espacio físico innecesariamente y cuando nos topamos con ellos nos producen una sensación de caos que, si bien no va a matar a nadie, podría advertirnos que todo esto es seguramente un reflejo de nuestro interior.

Valdría la pena preguntarnos cuántos cajones revueltos llevamos en el alma, cuantos tiliches arrumbados cargamos con nosotros día a día, con tal de no recordar que en algún momento formaron parte de nosotros y que aunque ya no son parte de nuestra vida, no los hemos podido dejar atrás? Cuántos recuerdos dolorosos, cuantas ofensas encerramos en el cajón del rencor, del orgullo? Cuántos errores guardamos en el cajón de la culpabilidad? Cuántas lágrimas nos hemos guardado en el pecho para ocultar que existían? Cuantos conflictos hemos convertido en finales por no sentarnos desenredar los nudos? Con cuántos “discúlpame” nos hemos quedado en la garganta por soberbia? Cuántos “te quiero” hemos ahogado en nuestro interior para no sentirnos vulnerables? Cuántos “si yo hubiera” guardaremos en el cajón de arrepentimiento? Para qué guardamos todo esto? Poseemos palabras que a nosotros no nos sirven de nada pero son esperadas o necesitadas por alguien más. Asimismo, hay recuerdos que nutren pero hay otros que destruyen.

Deshagámonos de todo aquello y otorguemos esos espacios a las cosas que en verdad enriquecen nuestro interior o al menos nos alegran el corazón.

jueves 9 de octubre de 2008

Disculpen si hoy repito la palabra "sorprender"...


Hace cerca de dos años me topé con algunas líneas escritas por el señor Le Clézio, esa fue la primera vez que me sorprendió, eran el comienzo de su novela "Désert", nunca pude encontrar en México la obra pero tampoco olvidé a su autor; que con tan sólo una cuartilla logró atraparme. Se quedaron fijas en mi mente sus imágenes enigmáticas, su narrativa que más que describir, insinuaba y más que anunciar una historia, prometía revelar un misterio.

Pasó el tiempo y cesé mi búsqueda. La vida me alejó del lugar en el que me encontraba y me llevó por extraños caminos para que pudiera darme cuenta del lugar al que pertenecía. Así, pasé de estar un día en la Facultad de Filosofía y Letras a descubrirme en un despacho jurídico sobre propiedad intelectual y he aquí el punto… Cuando llegó la navidad organizaron un intercambio en aquel lugar donde trabajaba, en el que podíamos proponer 3 opciones de regalos; Una de mis opciones fue precisamente un libro de cuentos de Jean-Marie Gustave Le Clézio, la verdad no estaba segura de recibirlo, mejor dicho ya me había hecho a la idea de que no sucedería; Fue una de esas peticiones como las que hacen los niños a los Reyes Magos cuando piden 15 cosas para recibir las 3 o 5 más baratas y fáciles de conseguir, pero bueno, hicieron el intento. Al llegar el día del intercambio, “Sarita”, la chica a la que le tocó escoger y darme una de mis tres opciones, me sorprendió con los tres libros coquetamente envueltos, entre ellos el del escritor hoy galardonado, que jamás pensé que me darían. Ese fue el segundo encuentro medianamente azaroso con su obra, que acrecentó mi gusto y admiración por él.

Hace unas semanas, una de mis profesoras nos exhortó a exponer la biografía de algún autor y yo elegí a Le Clézio. Siguió sorprendiéndome, ahora con su espíritu viajero y abierto siempre a nuevas formas de concebir el mundo, con su acercamiento tan respetuoso a nuestra cultura; y tomando en cuenta que hablamos de “un europeo” su capacidad para mirar con otros ojos a las civilizaciones precolombinas, reconociendo y revindicando su riqueza; haciendo un intento sincero por comprender la coherencia interna de sus dinámicas y no juzgándolas fragmentariamente bajo el cristal de sus propios valores. El llegó aquí para terminar su servicio militar, ya que fue expulsado de Tailandia, por haber denunciado la prostitución infantil, y en realidad nunca se fue del todo, vivió años aquí para estudiar nuestra cultura y gran parte de su obra se centra en o al menos está impregnada de “ lo mexicano”.

Hoy vuelve a sorprenderme al ganar el Premio Nobel de Literatura, cuando las expectativas estaban puestas en otro lugar.
No sólo escribo esto para compartirles mi alegría por este reconocimiento a un escritor tan importante para mí, sino que los invito a explorarlo.

Le Clézio no es un autor muy conocido en México pero en verdad no se imaginan la profundidad con la que él conoce nuestro país, nuestra cultura y el lugar fundamental que ocupa éste dentro de su obra, en ella podemos obtener una mirada de nosotros mismos hecha desde el exterior, pero por un hombre excepcional, sumamente humano y que logra captar muchas cosas que nosotros a veces no apreciamos porque estamos demasiado inmersos en ellas.

Supongo y espero que con este premio, su obra recibirá mayor difusión y será más fácil acceder a ella traducida. Créanme, vale la pena que le dediquen una mirada.

jueves 2 de octubre de 2008

Y TU PARA QUE VENISTE???



Con todo lo que ha venido pasando en las últimas semanas, por primera vez en mi vida, harta, triste y decepcionada, apareció por mi mente la pregunta que muchos ya se han hecho… Y si me voy del país? Digo, no ahorita, pero si lo considerara una opción a largo plazo en mi vida? Siempre he pensado que huirle a los problemas es cobarde y es el peor freno para el crecimiento; pero que hacer con un problema que te rebasa, que sabes que no puedes solucionar sola y que los más responsables de él salen hasta beneficiados?

A pesar de que tengo sólo veintiún años y de que no me formo en la fila de los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, hace días que "extraño tiempos mejores"; talvez no eran radicalmente mejores pero quizá cuando era más pequeña no era tan consciente de la problemática de mi país y por lo mismo vivía más tranquila.
Uno camina por las calles de “su ciudad” como si fuera el delincuente, volteando hacia todos lados y si vas por un lugar solo o de noche y ves una patrulla hasta te da miedo, como si vinieras de matar a alguien! Y noooo, lo mas frustrante es que seguramente vienes de la universidad, del trabajo, de la casa de tu abuelita o de cenar con alguna amiga, porque uno tampoco se puede quedar encerrado para que no le pase nada.

En realidad, uno ya no ve las noticias para estar informado sino para estar prevenido, aunque ninguna de las dos cosas se logra realmente. Además es tan deprimente ver los noticieros, uno debería tener a la mano, antes de encender la televisión, una caja de kleenex y un par de aspirinas. Por otra parte, tenemos que los periódicos de menor costo, que son aquellos a los que la mayoría de la gente accede, nos cultivan con la vital noticia de “por qué lado de escurrió la sangre al muerto”, “cuántos balazos recibió Juan Pérez” o “hasta donde voló el zapato del atropellado” ah! y la sección más enriquecedora es “la pagina completa y a color de la encueratriz” que seguramente también tiene un anuncio en la sección de masajes.

Los demás diarios pueden tener un gran defecto… o están escritos o con pura tinta amarilla o con puara tinta azul rey o con tinta verde, blanca y roja y a final de cuentas uno acaba viendo todo color negro. Y nos queda la impresión de que todo son mascaras, discursos y obras de teatro; remitirse a los medios masivos de comunicación o a los informes gubernamentales esperando encontrar la verdad es como ponerse bajo la lluvia para secarse.

Las caricaturas políticas, que no solo deberían verse como una burla divertida porque en el fondo tienen una función didáctica, sobre todo en un país como éste, que sufre de analfabetismo funcional porque la gente no lee más que el Tv y notas; como decía, estas revistas de caricaturas publican unas constructivas aportaciones tales como “Medios para evadir la realidad mexicana” y a continuación enumeran una lista detallada de los matices de esa sabia y valiente actitud y por más que uno se quiere reír, porque mentiría si dijera que no son ingeniosas, lo que dan son ganas de llorar porque en verdad el problema a veces parece tan grande y uno tan inmerso en y afectado por él, que no hay lugar a chistecitos.

Tampoco quiero el “Club del optimismo” saque su revista para reconfortarnos, pero lo que faltan son ideas y no tonterías; y más que ideas, acciones que concuerden con aquéllas, porque como decía Tolstoi, es más fácil escribir diez volúmenes de filosofía que llevar una sola regla a la práctica. No hablo ya de los gobernantes ni de los medios de comunicación sino de uno mismo, que sufre o teme la violencia social que se expresa en su grado máximo en aberraciones como el asesinato, la tortura, el secuestro, etc. Hablo de nosotros que también ejercemos violencia en pequeñas acciones de nuestra vida diaria, en discusiones que podrían evitarse, en nuestras actitudes, en la forma en que relacionarnos con los demás; todo esto son cosas que podemos llegar a pasar inadvertidas porque las consideramos insignificantes; pero casi cualquier acción a nivel individual resulta insignificante salvo contadas excepciones, pero a nivel colectivo cualquier cambio insignificante hace una gran diferencia.

Y pues sí, la verdad de pronto se sienten ganas de salir corriendo y no saber más. Pero al final algo debe hacer que nos quedemos… la esperanza, el compromiso con los que no han tenido oportunidades que uno ha tenido, como estudiar o tener cierta estabilidad, los deseos de ver una situación mejor, la ingenuidad quizá, de creer que es posible.
Pero es esta inocencia, si ustedes quieren llamarla así, lo que nos permite intentar las cosas y por tanto hacer que sucedan, ante cualquier situación; Este idealismo, es lo que le da sentido a la vida porque...

Si uno no viene al mundo para dejarlo, aunque sea, un poquito mejor de lo que lo encontró, entonces… para que vino???