
Como la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia no nos bastan para atormentarnos “como Dios manda”…Nuestra época nos ha regalado un nuevo Pecado Capital: El Envejecimiento.
Este octavo “vicio” suele ser padecido por quienes maduran física, más no mentalmente, y no encuentran en el tener canas, arrugas o manchas en la piel un indicio de nuestra calidad de mortales sino una arenga a la negación. Creer en el “Octavo Pecado” nos asegura un pase directo al infierno de la industria de la belleza y su mercadotecnia que nos condena a la angustiosa e infructífera búsqueda del “elíxir de la eterna juventud ”.
La publicidad sataniza el aumento de edad y todas sus manifestaciones. Si bien no podemos negar algunos de sus inconvenientes o temer el recordatorio que nos ofrece de nuestra estancia limitada por estos lares, tampoco debemos olvidar que no somos seres unidimensionales y por tanto cumplir años no sólo es degradarse físicamente, sino desarrollarse, crecer en otros ámbitos como el psicológico, intelectual o espiritual. Aunque eso no implique beneficios económicos a las grandes transnacionales y por tanto se le etiquete de irrelevante.

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