
Esos lugares que preferimos pensar que no existen, fingir que no son nuestros y desentendernos por completo. Aquellos que están llenos de todo tipo de cosas pero a la vez de nada útil. Como ejemplos comunes podemos citar el omnipresente “cajón de los tiliches”, el cuarto-bodega de los cachivaches al que uno entra con pánico de que le salte una araña y que bien podría ser rentado para una película de terror; o esa caja arrumbada hasta el fondo del closet.
Esos lugares que nunca queremos ordenar porque no sabemos ni por dónde empezar. Siempre es más sencillo tenerlos cerrados, fuera de nuestra vista, que ponerse frente a ellos a clasificarlos y reubicarlos o tomar la decisión desecharlos. Todas estas aglomeraciones de cosas que ya no usamos, que ya no nos sirven para nada, pero que tampoco hemos podido o querido desprendernos de ellas, invaden nuestro espacio físico innecesariamente y cuando nos topamos con ellos nos producen una sensación de caos que, si bien no va a matar a nadie, podría advertirnos que todo esto es seguramente un reflejo de nuestro interior.
Valdría la pena preguntarnos cuántos cajones revueltos llevamos en el alma, cuantos tiliches arrumbados cargamos con nosotros día a día, con tal de no recordar que en algún momento formaron parte de nosotros y que aunque ya no son parte de nuestra vida, no los hemos podido dejar atrás? Cuántos recuerdos dolorosos, cuantas ofensas encerramos en el cajón del rencor, del orgullo? Cuántos errores guardamos en el cajón de la culpabilidad? Cuántas lágrimas nos hemos guardado en el pecho para ocultar que existían? Cuantos conflictos hemos convertido en finales por no sentarnos desenredar los nudos? Con cuántos “discúlpame” nos hemos quedado en la garganta por soberbia? Cuántos “te quiero” hemos ahogado en nuestro interior para no sentirnos vulnerables? Cuántos “si yo hubiera” guardaremos en el cajón de arrepentimiento? Para qué guardamos todo esto? Poseemos palabras que a nosotros no nos sirven de nada pero son esperadas o necesitadas por alguien más. Asimismo, hay recuerdos que nutren pero hay otros que destruyen.
Deshagámonos de todo aquello y otorguemos esos espacios a las cosas que en verdad enriquecen nuestro interior o al menos nos alegran el corazón.

1 comentarios:
Por supuesto, el cajón de sastre, cmo diría mi abuela. Me encantó sigue escribiendo.
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