
Cuando abrí los ojos estaba en el suelo. Me desconcertó no poder reconocer el lugar en que me encontraba. Con el cuerpo tendido boca abajo, ignoraba cómo había llegado hasta ahí. Vulnerable observaba el entorno, desde el punto de vista menos propicio para descubrir, en el cielo o en el horizonte, algún indicio de mi ubicación.
Quisiera levantarme inmediatamente para que nadie note que caí. A mi alrededor encuentro todo tipo de miradas. Un sentimiento de incomprensión y soledad profundiza mis heridas. Al fin, despuntan entre la multitud los rostros conocidos y su actitud compasiva, amorosa, me produce cierto alivio; pero cuando los que me quieren sufren por mi desplome y fragilidad me odio desesperadamente. Intentan ayudarme y por ellos quisiera levantarme, pero aún no puedo...
El dolor es demasiado y se intensifica cada que tiran de mi brazo para ponerme en pie. Nada ni nadie puede hacer que me incorpore a la fuerza. Mi mente pide que me levante, mi cuerpo no la obedece; está como dormido, ensimismado por los espasmos del golpe. Poco a poco, voy recobrando algo de vitalidad. Es entonces cuando, con una palabra, una mano y mis propios deseos, logro subir.
Quiero aparentar que soy fuerte, que nada pasó; y si pasó, que nada pudo lastimarme. El orgullo me lleva a ocultar las heridas, pero de nada sirve cubrirlas, el dolor sigue aquí. Mi rostro desencajado, mi mirada húmeda y vidriosa y mi semblante de sufrimiento, delatan mi estado. Al contacto de la tela con mi carne, se agudiza el ardor de mis laceraciones aún llenas de tierra.
Cojeo. Avanzo con gran dificultad, como si tuviera una patada en las costillas. Me siento indefensa. No quiero que nadie me mire así, con raspaduras por todas partes. Procuro esconderme con discreción, sin que perciban que los evito.
Pero no debería detenerme, el mundo no se detiene; debo seguir. ¿Cómo podré curarme? Tengo que estar bien, ya, debo continuar. Pero ¿Dónde estoy? Estos caminos parecen tan similares... ¿Cuál de ellos me llevará a mi destino? Todo es tan confuso y el tiempo se consume. Necesito seguir adelante ya. Lo mejor será preguntar a alguien más.
Camino entre la gente. Sigo sintiendo dolor. Voy de voz en voz, buscando ansiosamente algún remedio express a este mal. Gotas, pastillas, vendas, ungüentos, sedantes y hierbas. Indago en la sabiduría popular, en la experiencia de toda mi gente y hasta en la boca de cualquier desconocido. Deseo encontrar la vital respuesta a esa pregunta que quizá ni siquiera he sabido plantear. Hay momentos en que casi lo logro; pero luego, con el más ligero soplo de aire, con la menor distracción, la pierdo; se desvanece y termino por olvidarme de la cuestión.
Necesito encontrar un mapa, preferentemente uno con rutas prefijadas. Algunos me proponen que use el suyo y no puedo negar que entre los ajenos hay algunos que parecen bastante certeros. Pero... ¿Nadie tendrá un mapa para mí? ¿Alguien podrá decirme qué hacer? ¿Quién va a sacarme de esto? ¿Quién me dirá lo que pasó y por qué estoy así? Después de tanto caminar, me he cansando de escuchar a la gente; sus respuestas son tan dispares que me desorientan aún más, encima, siento que ni siquiera me entienden bien, siento que ni siquiera les importa. Me fastidian aquellos que juzgan, opinan o aconsejan por molestar o sin que se los pida. Me he hartado de buscar sin encontrar.
Repentinamente, pierdo el aliento y me siento como debajo de un mar. Mi atención estaba tan centrada en el exterior que no había escuchado mi voz. La excesiva preocupación por leer los labios de los que a lo lejos me miran y hablan en voz baja me impidió notar que los latidos de mi corazón comenzaron a menguar. Empiezo a sentirme débil y la angustia invade mi ser. Me cuesta respirar. De continuar así, podría morir. Tengo miedo...
Intento calmare, respiro temerosamente, buscando tomar el control. Tengo que acostarme en el suelo, otra vez en el suelo. Me abrazo, cierro los ojos, tengo frío. Siento mis rodillas con la frente, los muslos contra el estómago. Respiro. Ya nada queda, ya nada importa.
Me encierro en mí y todo desaparece, incluso la angustia. Primero pasaron unas horas, después creo que amaneció de nuevo. Dejé de darle importancia a cada minuto que pasaba y terminé por perder la noción del tiempo.
Ahora que todo parece haberse esfumado, busco comprender que sucedió, lo necesito.
Los detalles comienzan a surgir en la medida en que me esfuerzo por recordar, por analizar. De pronto, el momento revive...
Una repentina descarga de adrenalina en el pecho. La presión de mi peso contra el suelo en las muñecas. El ardor de la grava encajándose en mi piel. Múltiples dolores comienzan a aparecer por todo mi cuerpo. Mi visión se torna borrosa. No puedo moverme, mas percibo un olor a sangre y tierra...
El recuerdo me despierta un poco y a su vez desata una tempestad de preguntas en mi interior: Cómo fue que terminé ahí; en qué momento me perdí. Si sabía hacia dónde quería llegar, por qué me fue tan difícil encontrar el camino; en dónde estaba mi mente cuando iba perdiendo el rumbo; quizá vi falsas luces o intenté seguir a alguien más. O simplemente hay veces en que uno camina sin pensar. Mas aún no descubro con qué tropecé. Había algún obstáculo infranqueable que no supe ver o simplemente no medí mis fuerzas. Me confié demasiado, quise ir demasiado a prisa, alguien más provocó mi caída o simplemente me enredé con mis propios pies. ¿Por qué no vi venir nada de esto?
Las razones de mi fracaso aparecen a medida que me atrevo a responsabilizarme de mis errores. Mas me cuesta resignarme a la inmutabilidad del pasado. Me duele saber que ahora nada puede borrarse. Mi frustración devino en lágrimas. Recuerdo que lloré tanto que después podía recordar sin llorar y repasaba cada escena experimentando tan sólo nostalgia mezclada con ese cansancio que generan las largas sesiones de llanto.
Finalmente comprendí todo en realidad. Percibía ahora la situación como algo coherente y mi estado como una consecuencia más que lógica. Acepté mi derrota con una especie de paz y alegría que nace del descubrimiento de las fallas, que se convierten en nuevas armas.
Entendí que a pesar de las heridas y el temor debía volver a moverme por el mundo; seguir explorándolo lo más profundamente que pudiera e ir tan lejos como mis sueños me llamaran y mi fuerza lo permitiera; aunque esto implicara el riesgo de volver a caer. Ahora sabía que nadie lograría levantarme por completo, porque sólo yo podía realmente salvarme. A mí me correspondía construir ese mapa que necesitaba, trazar mi propia ruta y estar consciente de que nadie me llevaría, que iría recorriendo un terreno que siempre será nuevo, que siempre cambia y que nunca terminaré por dominar, pero quizá ahora las cicatrices me ayuden a orientarme.
Poco a poco estos pensamientos van llenando el vacío en que sentí caer y disolviendo el caos que llevaba dentro. Siento el viento recorrer mi piel susurrando a su paso que no importa el tiempo y que no hay más luz que el silencio.
Vuelvo a escuchar mis palpitaciones, creo que mi corazón comienza a estabilizarse. Me aborda un sentimiento de bienestar y todos los deseos de regresar atrás y cambiar las cosas, de negar o esconder los tropiezos, se convierten en energía acumulada que exige salir, que me proyecta hacia el futuro y me colma de sed por la vida.
Giro sobre el suelo hasta quedar mi cuerpo tendido de espaldas y mi rostro de frente al cielo. Abro los ojos y es de noche, pero la incierta obscuridad ya no me intimida. En el firmamento he encontrado tres estrellas perfectamente alineadas. Ahora, sólo necesito velar el Este.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Y tú qué opinas ?